La resistencia colectiva al cambio
La ira
Artículo 3/6
El Estallido de la Resistencia al Cambio
Una vez que la negación se vuelve insostenible, la realidad del cambio comienza a filtrarse, y con ella surge la ira. Esta fase, tan visceral como humana o social, aparece cuando las personas y las organizaciones se ven forzadas a reconocer que la transformación es inevitable.
La ira es el segundo gran bastión de resistencia y se manifiesta con una explosión de energía contra el cambio y quienes lo promueven.
Podríamos dar como ejemplo la represión ejercida por los gobiernos decadentes que encuentran en la violencia sobre los agentes de cambio el foco de su descarga de ira y frustración. Pero podemos encontrar esta respuesta que sin utilizar gases lacrimógenos ni fuerzas de seguridad del estado para intentar silenciar el cambio inevitable en las organizaciones que se arman de técnicas más “sutiles” para negar lo evidente articulando su posición de privilegio que ven amenazado boicoteando las nuevas iniciativas usando el desprestigio y el cuestionamiento de las personas que están generando el cambio.
Es importante decir, que nunca la ira ha podido frenar un cambio, es más, lo han fortalecido, porque de esa energía volcada en destruirlo se nutren los cambios, dándoles aún si cabe más sentido a la necesidad.
En el plano organizacional, la ira emerge en forma de conflictos internos, sabotaje y polarización. Las personas que antes se refugiaban en la negación ahora se encuentran desbordadas por el enojo.
La frustración se canaliza hacia los agentes de cambio —líderes, consultores, e incluso empleados que proponen nuevas ideas— a quienes se les culpa de causar la inestabilidad. Este fenómeno es particularmente común cuando un líder emergente, por ejemplo, intenta introducir un nuevo enfoque que implica abandonar prácticas arraigadas o estructuras de poder preexistentes.
La transformación, que podría ser vista como una oportunidad de renovación, es percibida como una amenaza a lo establecido.
En el ámbito social, la ira se hace evidente cuando comunidades enteras se sienten atacadas por los cambios culturales o legislativos. Los movimientos reaccionarios surgen con fuerza en respuesta a iniciativas que alteran las normas tradicionales. La retórica se intensifica, las palabras se tornan hirientes y las acciones, más extremas. Vemos esto claramente en las reacciones ante el avance de derechos civiles, la introducción de nuevas tecnologías, nuevos métodos de trabajo o los cambios en el entorno laboral. Aquellos que sienten que el cambio pone en peligro su forma de vida responden con ataques furiosos hacia las fuerzas que lo impulsan, buscando culpables en lugar de soluciones.
Los directivos de estas organizaciones con mentes anquilosadas en su comodidad se sienten amenazados y seguirán buscando razones para destruir al dedo que señala un nuevo camino sin el menor remordimiento, cegados por su ira e incompetencia.
En el plano individual, la ira es una forma de procesar la impotencia. Ante un cambio que no se puede evitar, la rabia surge como un intento de imponer control. Es la manera en que las personas intentan forzar la realidad a retroceder, a adaptarse a lo que creen que debería ser. Sin embargo, a medida que esta fase avanza, la ira no logra su propósito: no se puede detener lo inevitable. Entonces, la energía se torna autodestructiva, creando divisiones, enfrentamientos y desgaste tanto a nivel personal como colectivo.
La ira, como fase del duelo, es peligrosa porque puede convertirse en un callejón sin salida.
Si no se gestiona adecuadamente, esta etapa puede cristalizarse en resentimiento, convirtiéndose en un obstáculo casi insalvable para la aceptación y el avance.
A nivel organizacional, esto se traduce en equipos que se resisten a colaborar, boicotean las nuevas iniciativas o buscan preservar su lugar dentro del antiguo orden a cualquier costo. En lugar de ver el cambio como una oportunidad para redefinir su papel, prefieren destruir aquello que los impulsa a transformarse.
Pero la ira, por destructiva que parezca, también tiene un aspecto positivo: es una señal de que la resistencia superficial de la negación ha sido superada. La ira indica que el cambio ha sido reconocido, aunque no aceptado, y que la energía reprimida está lista para ser redirigida hacia un nuevo propósito. Aquí radica el desafío para quienes promueven la transformación: no es suficiente calmar el enojo, hay que redirigirlo.
Al igual que los perros que ignoran a otros furibundos que ladran y tiran mordiscos al aire deben actuar los agentes de cambio, simplemente ignorarlos y seguir su proceso. Ya se darán cuenta los agresores de lo inútil de su proceder.
¿Cómo evitar la ira? La clave está en validar el dolor y la frustración que subyace a la ira, sin ceder a sus demandas de retroceso. En lugar de combatir frontalmente la resistencia, hay que canalizarla, mostrando cómo el cambio no es una pérdida, sino una adaptación que permite preservar lo esencial en un nuevo contexto. La ira, entonces, puede transformarse en determinación y pasión, permitiendo que aquellos que se resistían al cambio comiencen a verlo como una causa que vale la pena defender.
El verdadero peligro de esta fase es la inacción. Si la organización, la sociedad o el individuo no logran superar la ira, quedarán atrapados en un ciclo de recriminación y culpa. O lo que es peor, querer crear una mala copia de la idea original, usando su falta de imaginación demostrada para crear un producto sin alma ni futuro, ya que carece del embrión que hará que evolucione.
En cambio, si se avanza, el siguiente paso es la negociación, una fase donde se exploran posibilidades y se intenta llegar a un acuerdo con la nueva realidad, un intento por suavizar el golpe del cambio.
Para llegar a la fase de negociación el secuestro de la ira debe haber desaparecido y sobre todo, aceptar la derrota ante lo evidente. Esta parte es la más compleja tanto a nivel individual como de organizaciones ya que el EGO domina esta posibilidad, volviéndose muy complicado en las organizaciones ya que el ego se multiplica en todos y cada uno de los directivos que han estado ciegos frente al cambio que se les viene encima.
En el próximo artículo exploraremos la negociación, donde la resistencia, agotada de luchar, comienza a buscar formas de adaptarse, aunque todavía con la esperanza de retener algún control sobre lo perdido.
Juan Darío Mercere García
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