
La resistencia colectiva al cambio
Depresión
Artículo 5/6
El Peso de la pérdida y la transformación silenciosa
Después de la negación, la ira y la negociación, las estructuras individuales y colectivas finalmente se encuentran frente a la realidad desnuda: el cambio ha ocurrido, y no hay vuelta atrás.
La fase de la depresión en el duelo por el cambio es quizás la más difícil de atravesar, ya que implica lidiar con el dolor profundo de la pérdida, el vacío que deja aquello que fue, y la aceptación de que ninguna negociación ni resistencia podrá devolver lo que se ha ido.
En esta etapa, personas y organizaciones enfrentan un momento de profunda introspección, donde la energía de la lucha se disipa y da paso a la sensación de derrota y agotamiento.
En las organizaciones, la depresión se manifiesta como una parálisis emocional y operativa. Los equipos, agotados por la resistencia, caen en una especie de letargo.
A nivel social e institucional enfrentarse al desánimo puede resultar muy costoso, no solo en términos emocionales, sino que económicos.
Es en este último aspecto donde se produce una fractura que puede llevar a la propia organización y es el de retornar a la fase de negación, utilizando su poder para intentar por todos los medios de invisibilizar al agente de cambio y retomar sus estrategias de poder vacío de sentido perpetuándose en su sistema fallido.
Organización que no ve, corazón que no siente. En esta insensibilidad se encuentra la paradoja del sentido mismo de las organizaciones que olvidan su propia razón de ser.
Pero los cambios son el fundamento de la existencia y muy a su pesar, tarde o temprano tanto los individuos como
La productividad baja, los ánimos están por el suelo, y las iniciativas de cambio, que en fases anteriores encontraban resistencia activa, ahora se enfrentan a una pasividad desalentadora. Los empleados, que antes luchaban con uñas y dientes para mantener el statu quo, ahora se sienten desconectados e indiferentes. Incluso los defensores del cambio se ven arrastrados por esta atmósfera de desmoralización, al ver que las transformaciones que intentaban impulsar no traen resultados inmediatos o no logran la aceptación deseada.
Seguir instalado en la zona de confort mientras se lamen las heridas que produce el proceso de cambio es lo que prolonga la entrada a una nueva era que será sin duda muy prolífera y gratificante si realmente no se saltan ninguna de estas etapas desde la honestidad y reconociendo interiormente que el cambio además de necesario tiene esos efectos.
Es importante entender que esta etapa no se trata de tristeza superficial, sino de una sensación de pérdida existencial. Las organizaciones no solo pierden estructuras y procesos; pierden identidad, valores y la sensación de estabilidad que definía su existencia.
Un claro ejemplo son las empresas que, al enfrentar una crisis de transformación digital, deben desprenderse de modelos de negocio que las habían sustentado por décadas. Ya no se trata solo de una adaptación operativa, sino de la pérdida de una forma de ser y de entenderse a sí mismas.
En el plano social, la depresión emerge cuando una comunidad finalmente entiende que los cambios que resistió con tanta intensidad han llegado para quedarse.
Pensemos en movimientos culturales que, después de años de lucha contra la expansión de derechos o la transformación de las normas tradicionales, deben aceptar que el mundo ha cambiado. Lo que sigue es un proceso de duelo colectivo, marcado por un sentimiento de alienación y pérdida de identidad. Los antiguos referentes desaparecen, las tradiciones se diluyen, y la comunidad se siente desconectada en un entorno que ya no reconoce como propio. Esta depresión puede llevar a una apatía colectiva, donde la comunidad, exhausta y derrotada, deja de luchar por cualquier causa, como si todo esfuerzo futuro fuera inútil.
En estos momentos es cuando la sociedad siente la falta de un objetivo claro y de un líder que reconduzca la energía colectiva. En este punto es cuando más vulnerable puede estar el individuo o cualquier colectivo. No es necesario alejarse mucho de la situación mundial donde están apareciendo líderes que prometen volver al principio, tal y como era antes. Esto en si mismo es una gran falacia ya que es totalmente imposible retornar a un lugar que ya no existe, pero la falta de pensamiento crítico del individuo y del colectivo humano hace que crean que ese viaje al pasado es posible.
Nunca se regresa al lugar que se dejó, porque ni el lugar es el mismo, ni el individuo, ni la sociedad es la misma. La transformación ya comenzó y resulta irreversible.
En el ámbito individual, la depresión se instala cuando las personas se dan cuenta de que el cambio no era temporal ni negociable. Es el momento en que el “¿Por qué a mí?” de la ira y el “¿Qué puedo hacer para evitarlo?” de la negociación se disipan, dando paso a un “Ya no hay nada que hacer”.
Se pierde la motivación, se retraen de la vida diaria, y el futuro parece un paisaje desolado. Las personas experimentan este estado con un fuerte sentimiento de desesperanza, donde incluso las metas que antes parecían importantes ahora carecen de significado. No es raro que en este punto la persona se sienta atrapada en un abismo emocional, donde la capacidad de planificar, soñar y proyectarse hacia el futuro desaparece.
Ese estado emocional que puede ser transitorio o permanente depende de la resiliencia individual o colectiva se llama anhedonia.
Paradójicamente, la depresión es también la antesala de la aceptación.
Es en este momento de profunda tristeza cuando la verdadera transformación puede comenzar.
Al soltar por fin la ilusión de recuperar el pasado, individuos y organizaciones empiezan a hacer el duelo de manera genuina, asimilando las pérdidas y comenzando a explorar el significado de lo que ha quedado atrás y de lo que aún puede construirse a partir de los escombros.
Es un momento de silencio, de introspección, donde se redefine lo esencial.
Para las organizaciones, gestionar esta fase requiere un cambio de enfoque. No se trata de presionar para que la productividad vuelva a sus niveles anteriores, sino de reconocer el dolor colectivo y abrir espacios para la reflexión y el apoyo mutuo.
Un líder que intenta apurar esta fase con frases como “debemos seguir adelante” o “ya es hora de dejar el pasado atrás” corre el riesgo de generar un resentimiento profundo y prolongar la parálisis.
En cambio, los líderes que permiten que sus equipos vivan esta fase con autenticidad, que reconocen el duelo y ofrecen un horizonte de esperanza a través de pequeñas victorias y nuevas metas, facilitan el tránsito hacia la siguiente fase: la aceptación.
En el ámbito social, la depresión puede ser devastadora si no se maneja con cuidado. La sensación de alienación y pérdida de identidad puede llevar a una comunidad al retraimiento, a la marginalización o incluso a la radicalización, buscando una versión idealizada del pasado que nunca volverá.
El desafío aquí es encontrar maneras de reconectar a las personas con nuevas narrativas, nuevos propósitos y nuevas formas de pertenencia que, aunque diferentes de las antiguas, puedan ofrecer un sentido renovado de comunidad.
Para el individuo, la depresión debe ser tratada con compasión. Es un momento en que la persona necesita redescubrirse, explorar sus emociones más profundas y encontrar maneras de reconciliarse con lo que ha perdido. Aquí, la terapia, el apoyo social y el tiempo juegan un papel fundamental. Se trata de un proceso de sanación, no de una simple recuperación.
El peligro de esta fase es quedarse atrapado en ella. Si la depresión se prolonga sin un camino hacia la aceptación, la organización, la comunidad o el individuo corren el riesgo de quedar estancados en la desesperanza. Pero si se logra atravesar esta etapa, entonces surge la posibilidad de una verdadera renovación.
En el próximo y último artículo de esta serie exploraremos la aceptación, el momento final del duelo, donde el cambio deja de ser un enemigo y se convierte en una realidad integrada.
La aceptación no es conformidad, sino la base sobre la cual se construye un nuevo comienzo, con todas las cicatrices y lecciones que el proceso de duelo ha dejado.
Juan Darío Mercere García
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