
La resistencia colectiva al cambio
El duelo
Artículo 1/6
Las organizaciones, al igual que los individuos, atraviesan las mismas fases del duelo cuando enfrentan un cambio significativo. La diferencia crucial radica en que la resistencia organizacional no solo afecta a una persona, sino a decenas, cientos e incluso miles de individuos que forman parte de esa estructura.
Cuando una organización se niega a adaptarse, o a aceptar que existe un cambio de paradigma no solo está luchando contra el cambio a nivel interno, sino que está generando efectos en cascada que repercuten en el bienestar de las personas, en el desarrollo emocional de las comunidades y en la capacidad de evolución de la sociedad misma.
La aparición de un agente de cambio históricamente ha sido motivo de ataque por el establishment. “Así estamos bien ¿por qué cambiar?” Frase harto repetida en las consciencias colectivas que aceptan su realidad presente como la única e inmejorable, ya sea por incapacidad cognitiva para imaginar una mejor realidad o simplemente por comodidad o egoísmo puro y duro. “Sí yo (nosotros) estamos bien, para que cambiar” “Este que se cree, llevamos veinte años así y nos va a venir a decir a nosotros como se hace”
La negación organizacional, por ejemplo, puede paralizar a empresas enteras y retrasar decisiones críticas, generando incertidumbre y frustración entre empleados, socios y usuarios, si estos últimos aún conservan algún vestigio de pensamiento crítico.
Un claro ejemplo de esto son las industrias que, frente a los avances tecnológicos, se aferran a modelos obsoletos, perdiendo competitividad y, eventualmente, destruyendo fuentes de empleo y hasta su propia existencia.
Pero no necesitamos alejarnos hasta una fábrica podemos acercarnos a las organizaciones sociales que en su falso altruismo se perpetúan en modelos fallidos con excusas como la falta de presupuesto para alcanzar acciones diferentes, cuando en realidad su carencia no es presupuestaria, es simplemente carencia de imaginación y capacidad para concretar por si mismas cualquier idea que se salga de su rutina, actuando como agentes limitantes desde su posición de poder y desidia.
En lugar de ver las señales de alerta, las organizaciones en negación se convencen de que no hay razón para cambiar, creando un entorno de complacencia que inevitablemente conduce a su propia crisis.
Cuando esta negación finalmente colapsa, el estallido de la ira organizacional puede ser destructivo. Generalmente la destrucción se enfoca hacia quien se ha atrevido a crear esa realidad alternativa. Utilizaran todas las armas de baja estopa que las distingue como colectivos que viven de la desgracia ajena y se nutren de la ignorancia y la vulnerabilidad.
La organización, ahora consciente del desafío que enfrenta, busca culpables tanto internos como externos. Los empleados que abogan por el cambio son percibidos como traidores, y los conflictos laborales escalan. Este tipo de reacción no solo erosiona la moral de los equipos, sino que también obstaculiza cualquier intento de transformación, creando divisiones profundas que pueden tardar años en sanar. A nivel social, esto se traduce en un ambiente tóxico donde la desconfianza y el miedo predominan, afectando a familias y comunidades enteras.
La negociación organizacional, aunque aparentemente más constructiva, tiende a generar soluciones a medias. Las empresas intentan salvar partes de su viejo sistema, comprometiendo la eficacia del cambio.
Es común ver a organizaciones que implementan reformas superficiales, sin modificar las estructuras de poder ni los procesos que, de hecho, provocaron la necesidad de transformación.
Esto puede crear un entorno de falsas expectativas, donde la organización cree estar adaptándose mientras, en realidad, sigue atada a un pasado insostenible. Como resultado, los empleados experimentan una sensación de incertidumbre constante, ya que no hay una dirección clara hacia dónde avanzar.
Cuando las organizaciones finalmente entran en la fase de depresión, el impacto puede ser devastador.
La desmotivación y la falta de propósito no solo afectan la productividad, sino también la cohesión y el sentido de pertenencia. Un equipo desmoralizado se vuelve pasivo, indiferente, y comienza a ver cualquier esfuerzo de cambio como inútil.
En empresas grandes, esto se traduce en miles de trabajadores que, aunque siguen cumpliendo sus funciones, lo hacen sin pasión ni compromiso, minando la capacidad de la organización para innovar y prosperar. Esta fase puede extenderse a las comunidades dependientes de estas organizaciones, generando un efecto dominó de desesperanza y pérdida de oportunidades.
Sin embargo, si las organizaciones logran superar esta fase y alcanzar la aceptación, el impacto positivo también se magnifica. Cuando una organización acepta la realidad del cambio y decide adaptarse de manera proactiva, se convierte en un agente de transformación que puede inspirar a otras empresas, redefinir industrias y generar un entorno donde la resiliencia y la innovación son posibles.
La aceptación organizacional, entonces, no solo permite la supervivencia, sino que crea un espacio para el renacimiento de nuevas ideas y enfoques que, a su vez, benefician a empleados, comunidades y al entorno más amplio.
En conclusión, la resistencia al cambio en las organizaciones no es un simple proceso de adaptación interna; es una dinámica colectiva que impacta profundamente a las personas que la componen y a las comunidades que las rodean.
Comprender y gestionar estas fases no solo es crucial para la salud de la organización, sino también para la prosperidad y el bienestar de la sociedad en su conjunto. Porque cada resistencia organizacional que no se trasciende no es solo una oportunidad perdida, sino un costo que se paga con el potencial de miles de personas que se ven atrapadas en la inercia de un sistema incapaz de transformarse.
Aceptar que la marea está subiendo y que su aumento de nivel es inevitable es lo que hace que quienes son capaces de aceptar que deben buscar lugares más altos sobrevivan, mientras que los que se quedan estancados en el mismo nivel, se ahogarán sin remedio aferrados a sus anquilosados principios, que ya han sido considerados obsoletos en sus propios resultados que resultan ser la nada.
Juan Darío Mercere García
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