
El capitalismo de las organizaciones sociales
En el complejo universo de las organizaciones sociales, surge un dilema que socava la esencia misma de su existencia: la ambición desproporcionada. Detrás de sus nobles objetivos de luchar contra la injusticia y brindar apoyo a los necesitados, a menudo se esconde una inquietante falta de verdadero interés en los usuarios a quienes dicen servir. En lugar de liberar a aquellos que dependen de su ayuda, estas entidades los retienen en sus garras, perpetuando su dependencia para garantizar la continuidad de las subvenciones.
El oscuro objetivo de mantenerse vivas
¿Cuál es el propósito último de una organización social? La respuesta debería ser simple: mejorar la vida de las personas necesitadas y abogar por la justicia social. Sin embargo, en la realidad, muchas de estas organizaciones han perdido de vista su misión original. En su lugar, se obsesionan con un objetivo menos altruista pero más autocomplaciente: mantenerse vivas a toda costa.
Las subvenciones y donaciones, que deberían ser un medio para alcanzar fines loables, se convierten en un fin en sí mismas. La supervivencia financiera de la organización se convierte en la prioridad, y esto a menudo se traduce en prácticas cuestionables que perpetúan la necesidad de los usuarios.
El cautiverio de los beneficiarios
La cruda realidad es que muchas organizaciones sociales han caído en la trampa de la ambición desmedida. Su supervivencia financiera está estrechamente ligada a la cantidad de personas a las que pueden presentar como beneficiarios de sus programas. Esto crea un incentivo perverso para mantener a las personas en una situación de necesidad constante en lugar de ayudarlas a superar sus desafíos y avanzar hacia la independencia.
El resultado es un cautiverio de los beneficiarios. En lugar de ser liberados de las garras de la necesidad, se convierten en piezas en el rompecabezas de la ambición de la organización. Sus vidas siguen siendo precarias, mientras que la organización asegura un flujo constante de financiación.
El enemigo real: la ambición desproporcionada
En última instancia, el verdadero enemigo en este panorama es la ambición desmedida de las organizaciones sociales. Han perdido de vista su propósito fundamental y han caído presas de un sistema que valora más la acumulación de recursos que el impacto real en la vida de las personas necesitadas.
Este enfoque distorsionado socava la credibilidad y la integridad de las organizaciones sociales. Deja en entredicho su compromiso con la justicia social y la mejora de la vida de los menos afortunados. La ambición desmedida se ha convertido en su motor, y los usuarios son las víctimas inadvertidas de esta búsqueda implacable de financiación.
Un ejemplo práctico
Dentro de los usuarios de las organizaciones sociales podemos encontrar personas que adoptan dos posturas claras, la primera y la más común es la de abandonarse a los brazos de las políticas abductivas de las organizaciones que emplean las mismas políticas de captación que puede utilizar una secta, el conocido bombardeo de amor. Las personas que tienen su dignidad vulnerada y que generalmente provienen de entornos donde el maltrato y el menosprecio han sido la manera de relacionarse con el mundo, por lo que son altamente vulnerables a cualquier manifestación de un falso compromiso afectivo. Alejarse de ese campo gravitatorio para el perfil medio de un usuario es altamente complejo, ya que perdería una falsa afectividad que responde a su deseo en respuesta.
El segundo perfil es el que desea recuperar su autonomía ya que su ingreso en el ámbito social es un daño colateral en su vida. Este perfil se enfrenta a dos obstáculos que solo podrá sortear si dispone de una entereza de la que seguramente se verá quebrantada por las políticas de la propia organización frente a este perfil. El deseo de ser autónomo e independiente se interpretará como un desprecio a la organización, por lo cual se verá acosado con la difamación y se considerará como un acto de deslealtad, y se animará al resto a segregarlo para minar la autoestima del aventurado que desea recuperar su vida. Sí a pesar de esta dificultad persiste en su andadura de independencia descubrirá que el consorcio de organizaciones, que al igual que en cualquier película de clanes mafioso, se organizan para extender la segregación del individuo que reniega de ser un codependiente del sistema social. En términos generales las organizaciones sociales que tratan con personas en situación de exclusión no están dispuestas a perder un cliente por el que perciben una cantidad de dinero que no repercute de manera directa al usuario, sino que se diluye en el entramado de la propia organización que invierte esfuerzos en cronificar a sus usuarios con una clara intensión: seguir nutriéndose de sus “protegidos”.
Si a esto le sumamos que las fundaciones que subvencionan, generalmente bancarias, utilizan su poder económico para que las propias organizaciones trabajen para efectuar lo que se conoce como “green whash”, (lavado de marca). Gran número de las personas que terminan siendo asistidas por las organizaciones sociales han pasado por pérdida de un trabajo, divorcio o pérdida de su hogar. El problema, no puede ser parte de la solución, pero las organizaciones sociales cumplen con su trabajo soterrado que es actuar con los daños colaterales de las políticas capitalistas que expulsan del sistema a quienes ven mermados sus ingresos desestabilizando su vida y generalmente terminan con trastornos mentales, no por su naturaleza personal, sino por la sobrecarga social a la que son sometidos. Las organizaciones que trabajan para las subvenciones están trabajando como el contenedor de los despojos de vida que quedan de las personas que han sido quebrados por el mismo sistema que alimenta la estigmatización. En una danza marcada por el compás de la perversión se encuentran parejas estructuradas en una simbiosis patológica, carente de toda empatía hacia quienes dicen ayudar.
Conclusión: Un llamado a la reflexión y la reforma
En un mundo donde las organizaciones sociales desempeñan un papel crucial en la lucha contra la injusticia y la desigualdad, es esencial que examinemos de cerca la ambición desproporcionada que socava su misión. La falta de un verdadero interés en liberar a los beneficiarios de su dependencia es un triste testimonio de cómo algunas entidades han perdido su camino, arrastrando a una cronificación del “cliente” que difícilmente alcance una vida plena, si permanece bajo su tutela.
Es hora de un llamado a la reflexión y la reforma. Las organizaciones sociales deben volver a centrarse en su misión original, priorizando el bienestar de las personas necesitadas sobre su propia supervivencia financiera.
La competencia desmedida en busca de nuevos nichos de mercado para justificar nuevas subvenciones debe abandonarse y actuar de manera colaborativa, repartiendo recursos con el fin de hallar mejores respuestas en beneficio del usuario.
Solo entonces podrán recuperar su integridad y cumplir verdaderamente con su compromiso de hacer del mundo un lugar más justo y equitativo.
Juan Darío Mercere García
¿CUÁNTO TE HA GUSTADO?

0 comentarios